A la salida…llovía

Todavía hay grandes instituciones que aparecen inasequibles a la erosión de la crisis económica y al cambio de costumbres. Es bien sabido qjue los palcos más cotizados ya no son los se los teatros de ópera sino los de los estadios de fútbol o fórmula 1, donde los nuevos oligarcas disfrutan de los privilegios de su posición social.

Aún así, quedan nombres como las orquestas de la BBC o el Concurso de Piano de Santander que siguen despertando adhesión entre el aficionado medio. A estos, parece unirse el de Juanjo Mena cuyo ascenso de la Orquesta Sinfónica de Bilbao al podio de BBC Phiharmonic le ha convertido en una pequeña estrella local.

El Festival Internacional de Santander lo sabe y ha optado para su jornada inaugural por una apuesta segura. Juanjo Mena y su orquesta, la BBC Philhatmonic, interpretaron la obertura Egmont de Beethoven, la Sinfonía Fantastica de Berlioz y la Rapsodia sobre un tema de Paganini con la participación del último premio Ciudad de Santander , Juan Pérez Floristán. 

Las buenas noticias son que la Sala Argenta registró un lleno hasta la bandera y que la respuesta del público a los intérpretes fue entusiasta. La orquesta mostró su exquisita calidad en todo momento y el Maestro Mena la dirigió con seguridad. Queda para el recuerdo la precisión en que se ejecutó ese sudoku orquestal que es la partitura de Rachmaninov. 

Con este acompañamiento de auténtica excepción pudo brillar el arte de Florestán, uno de los ganadores del Concurso Paloma O’Shea que más nos gusta de los últimos años. Una técnica brillante, inteligencia musical, bello sonido y un exquisito fraseo son las virtudes que pudimos apreciar en el concierto de ayer. La variación XVIII fue muy celebrada en los corrillos de los aficionados. Al finalizar la obra dedicó de forma muy emotiva una propina a su maestro Eldar Nebolsin.

El resto del programa fue también muy disfrutable pero no llegó a las cotas de intensidad que Floristán supo trasmitir a los espectadores. Juanjo Mena es un director sereno y poco dado a los amplios gestos musicales que otros exhiben ante obras tan románticas como las páginas de Beethoven y, sobre todo, Berlioz. Quizá en esta última echáramos de menos un poco de la subjetividad, incluso el “desmelene” de otras batutas. Como propina, una sobria versión del Intermedio de Goyescas puso fin a este estupendo concierto.

Y a la salida… llovía

Hay cosas que nunca cambian.

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